Comprar un dron para grabar una reunión familiar, hacer una panorámica del barrio o probar tomas en un parque parece bastante sencillo. El problema es que estos equipos todavía se usan sin medir que una maniobra mal pensada puede afectar a otros, invadir la privacidad o generar riesgos en lugares sensibles.
Por eso el tema volvió a la conversación pública. A finales de marzo, la Aerocivil reactivó su campaña “Vuela Legal, Vuela Seguro” y recordó algo básico: antes de despegar hay que revisar dónde se va a operar, evitar zonas donde el tráfico aéreo tiene prioridad, no sobrevolar aglomeraciones y respetar las restricciones vigentes. Colombia tiene reglas específicas en el RAC 100, incluida la categoría abierta, la más cercana al uso recreativo o sin ánimo de lucro, pero que igual exige condiciones claras de seguridad.
Más que un tema de tecnología, esta es una conversación sobre convivencia. El error no siempre empieza en una gran operación. A veces nace en una terraza, en un conjunto, en una fiesta o en un parque donde alguien despega creyendo que, por tratarse de un vuelo corto, no pasa nada. Esa es la base del análisis del programa de Ingeniería Aeronáutica de la Universidad de San Buenaventura. “La mayoría de problemas no arrancan en una pista, sino en decisiones pequeñas”, explica Fabio Alejandro Merchán Rincón, director de Ingeniería Aeronáutica de la institución.
Estas son siete situaciones en las que conviene pensarlo dos veces:
1. Sacarlo en el parque porque se ve abierto. Que un lugar parezca despejado no significa que sea apto. En la categoría abierta no todo espacio abierto sirve para despegar. Una de las primeras tareas es revisar si el sitio está dentro de una zona donde no está permitido volar drones.
2. Volarlo sobre el conjunto o el barrio porque “es aquí mismo”. Que sea un entorno conocido no elimina el riesgo para vecinos, visitantes, niños o mascotas. Tampoco desaparecen los problemas de privacidad. En espacios residenciales, el conflicto puede aparecer por molestias, grabaciones no deseadas o discusiones sobre intimidad.
3. Llevarlo a una fiesta, una marcha o un concierto para grabar “solo un rato”. La autoridad ha insistido en evitar el sobrevuelo de aglomeraciones. Un fallo técnico, una pérdida de señal o una mala maniobra puede afectar a muchas personas al mismo tiempo. Además, puede haber consecuencias por daños a terceros y por el uso de imágenes en espectáculos.
4. Creer que, si no está encima de la pista, no hay problema. La recomendación oficial no se limita al aeropuerto. También incluye zonas cercanas o sensibles donde la aviación tripulada tiene prioridad. El riesgo puede empezar mucho antes de llegar a una pista, si se despega en un entorno inadecuado.
5. Despegar sin revisar límites básicos. Muchos usuarios encienden el equipo sin mirar reglas elementales. Entre ellas están la altura máxima permitida y la obligación de mantener control de la aeronave durante el vuelo. Primero se revisa la regla y luego se decide si el lugar sí permite operar.
6. Operarlo demasiado cerca de terceros. Si hay gente caminando, ciclistas, niños jugando o visitantes alrededor, no basta con decir “yo lo manejo bien”. Quizá ese no es el momento para despegar. Cuando el entorno está lleno, el punto no es la confianza del piloto, sino si realmente puede evitar un daño si algo sale mal.
7. Pensar que la regulación es solo para expertos o empresas. Ese enfoque ya quedó corto. El vuelo recreativo también puede generar incidentes reales y por eso exige conocer reglas básicas. No saber la norma no protege frente a una infracción ni evita una sanción.
“Un dron pequeño sigue siendo una aeronave no tripulada. El tamaño del equipo no convierte un espacio cotidiano en un lugar seguro para elevarlo”, concluye Merchán.
