En el último año más de la mitad del café que tomamos los colombianos fue importado. Según el gerente de la Federación Nacional de Cafeteros, Germán Bahamón, en los últimos doce meses, Colombia importó 1,55 millones de sacos de café frente a un consumo interno de aproximadamente 2,4 millones.
Una buena parte responde a una necesidad real en un año de menor disponibilidad, lo que obliga a asegurar el suministro de la industria, y eso es legítimo, pero hay una parte que no trata sobre la oferta, es arquitectura de precios. Un kilo de café colombiano tiene un precio mínimo. Está fijado por la Bolsa de Nueva York, la prima para nuestro origen y el TRM. Y debajo de eso, hay algo que ninguna de esas tres variables controla: el coste de producirlo. Es decir, los salarios, el fertilizante, la cosecha. Ese margen estrecho es el ingreso de una familia.
El café tostado, por debajo de cierto precio en la estantería, no puede ser colombiano. Eso no es una opinión. Es aritmética. Por eso el precio en la estantería nunca es solo una decisión comercial. También es una decisión sobre el origen, explicó el dirigente gremial.
Aclaró que “nadie aquí está haciendo nada impropio. La importación es legal y hoy en día puede ser necesaria. Respetamos el libre mercado y respetamos profundamente la industria colombiana. No es una pelea. Es una advertencia sobre hacia dónde lleva el camino si solo competimos en el punto más bajo”.
Hoy en día, no existe ninguna regulación que exija declarar el origen del café en el envase, por eso, dijo, “propongo que creemos uno. Que en el envase sea tan legible de dónde viene el café como cuántos gramos contiene. Que la persona que está delante de la estantería puede distinguir, sin lupa y sin ser un experto, si lo que se lleva a casa es 100% café colombiano”.
Señaló que no es una exigencia para nadie en particular. Es un campo de juego igualitario para todos, y la Federación está dispuesta a sentarse y construirlo con la industria, con el Congreso, con el Gobierno y con cualquiera que quiera participar.
Sostuvo que el año pasado, el consumidor colombiano hizo algo extraordinario. Se enfrentaron a los precios más altos en décadas y no renunciaron a su taza. Ese consumidor se ganó el derecho a saber qué está bebiendo. “Si saben y aún eligen algo distinto a Colombia, es su libertad y la respetamos. Pero que sea una decisión informada, no un descuido en el embalaje. Porque detrás de ese 100%, hay más de 500.000 familias que no tienen otra forma de vivir. Queremos aumentar el valor de la categoría cafetera, educar el paladar del consumidor e industrializar más café de las familias cafeteras colombianas para ascender en la cadena de valor”, concluyó Bahamón.
