Por: Luz Marina Gamarra – Comunicadora social, especialista en periodismo económico
Frente a la vulnerabilidad de nuestros hogares y el caos del pánico, la prevención financiera, la preparación familiar y la responsabilidad informativa son las únicas certezas reales.
Colombia es una geografía viva e implacable. Cada movimiento telúrico —como el impactante sismo registrado en San José del Palmar (Chocó)— o los inclementes incendios y vendavales que azotan periódicamente nuestras regiones, nos devuelven de golpe a la realidad: la naturaleza no avisa, pero la economía familiar, la prevención operativa y la responsabilidad ciudadana sí pueden amortiguar la tragedia.
Más allá del sobrecogimiento inicial, estos eventos adversos dejan al descubierto una profunda brecha en la cultura financiera del país. Cifras de Fasecolda revelan una verdad dolorosa: solo el 9,3 % de los hogares colombianos —apenas uno de cada diez— cuenta con un seguro de hogar o protección contra terremotos.
La mayoría asume erróneamente que el seguro obligatorio de áreas comunes en la propiedad horizontal cubre su vivienda, cuando la realidad es que, ante un colapso estructural, quienes no tienen una póliza individual deben reconstruir su patrimonio de su propio bolsillo.
Proteger la vida mediante un seguro de vida y asegurar la vivienda no es un gasto inútil, sino la salvaguarda financiera que evita que una familia caiga en la miseria de la noche a la mañana.
La cultura del autocuidado y el valor de la comunicación veraz
Esa prevención económica resulta estéril si no se acompaña de un llamado urgente a la conciencia colectiva sobre el autocuidado, la preparación práctica y la comunicación asertiva durante la emergencia.
Salvar vidas exige adoptar hábitos sencillos pero contundentes: activar la alerta de terremotos en los celulares, participar a conciencia en los simulacros de evacuación para educar el instinto, y acordar previamente con la familia un punto de encuentro físico fuera de la zona de riesgo, sabiendo que las redes móviles suelen colapsar.
En el kit de emergencia de las primeras 72 horas —esa mochila impermeable que debe contener agua potable, alimentos no perecederos, un botiquín de primeros auxilios, documentos en bolsa sellada, linterna y ropa de cambio— es vital hacer una diferencia según quien la necesite: los adultos mayores requieren una reserva estricta de sus medicamentos recetados para dolencias crónicas y copias de sus fórmulas y pañales si lo requieren; mientras que los niños necesitan además también de pañales, fórmula láctea y un elemento de apego para el manejo emocional del trauma.
Asimismo, llevar siempre un pito al cuello o muy a la mano es una herramienta decisiva; en un atrapamiento, la voz se agota rápido, pero el sonido agudo del silbato exige un esfuerzo mínimo y guía eficazmente a los rescatistas.
En medio del temblor, la avalancha u otra tragedia natural, la comunicación es tan determinante como la infraestructura. Guardar la calma, levantar la mano y pedir silencio en la masa permite escuchar instrucciones, identificar atrapados y actuar con frialdad. Del mismo modo, en la era digital, la gestión de la información se ha convertido en un asunto de supervivencia y seguridad patrimonial.
Durante un desastre, la desinformación en redes sociales corre más rápido que el pánico, abriendo la puerta a cadenas falsas de WhatsApp, falsas colectas de ayuda y enlaces malintencionados diseñados para el robo de identidades o de bienes.
Es momento de entender que el autocuidado también implica acudir únicamente a medios de comunicación reconocidos y canales oficiales para verificar la realidad. La resiliencia no es suerte ni resignación: la diferencia entre salir adelante o perderlo todo se construye hoy, combinando la protección del patrimonio, la logística familiar y una ciudadanía informada y responsable.
